Jueves 5 de Noviembre de 2026
La dignidad de un ministro dimitido
no está sino en admitir que la dimisión se decide voluntariamente y por no
haber cumplido las obligaciones constitucionales
Decíamos ayer, desde nuestra óptica,
que la dimisión del Sr. Puente, si es que fue un acto voluntario y no forzado
por la superioridad, no se había producido por las causas etéreas,
indeterminadas y nada jurídicas, que había ideado en la comparecencia en el
Congreso, sino por la constancia pública y notoria de que no había cumplido las
obligaciones que se le impusieron constitucionalmente (art.98.2
CE) por el hecho de aceptar el cargo: llevar a cabo la gestión de las tareas de
Gobierno dependientes de su ministerio, lo que no ha hecho, era evidente, precisamente
por la falta de gestión y de acción.
Hoy, después de que ayer el Sr.
Cuerpo de forma sonora cesara al Presidente de Adif, podemos saber sin duda alguna
que la dimisión del Sr. Puente fue otro cese que, curiosa y notoriamente, no se
produjo por no haber cumplido con sus obligaciones, sino porque ese incumplimiento
tan notorio estaba arrasando el crédito electoral del PSOE. Pero
hay más, el Presidente del Gobierno y sus ministros, y responsables del partido
socialista, hablaron inmediatamente al unísono de dignidad (otro concepto
indeterminado y nada jurídico) del Sr. Puente al presentar su cese-dimisión y lo han hecho sin
sonrojo, cuando es difícil, por no decir imposible, encontrar dignidad alguna
en un claro incumplimiento de las obligaciones constitucionales que le afectaban por ser ministro, sin ni
siquiera admitir tal incumplimiento. Para presumir de esa dignidad hubiera
hecho falta que realmente hubiera habido dimisión y que se hubiera llevado a
cabo por no cumplir con las obligaciones que tenía como ministro, que es lo
único que tiene en cuenta la Constitución; todo lo demás es, como dicen ahora, relato
y, por su fuera poco, impostado.
Valentín Cortés